Cómo creamos «Volver a preguntar»: diseñar un libro como si fuera un producto

Cómo creamos Volver a preguntar: diseñar un libro como si fuera un producto

Un proceso poco habitual en el mundo editorial: investigación, prototipos e iteración. Así se desarrolló un proyecto que terminó combinando libro y experiencia digital guiada para aprender inteligencia artificial. Cómo creamos Volver a preguntar.

La mayoría de los libros se crean de una manera bastante predecible. Primero aparece un manuscrito. Después entra en un proceso editorial: corrección, edición, diseño, impresión y finalmente publicación. Es un flujo bastante lineal.

Volver a preguntar no siguió ese camino.

De hecho, durante una buena parte del proceso ni siquiera estaba claro que el resultado final fuera a ser un libro. Pero algo sí tenía claro: quería llegar a la mayor cantidad de personas posible.

Pensar el proyecto como un producto

En lugar de empezar con un manuscrito terminado, el proyecto empezó más cerca de cómo suelen comenzar los productos tecnológicos: con un problema abierto y muchas hipótesis para validar.

La pregunta no era “qué libro escribir”, sino algo más parecido a “¿cómo se diseña una buena primera experiencia con inteligencia artificial para alguien que nunca usó estas herramientas?”.

Durante bastante tiempo, esa pregunta fue la única brújula.

El proyecto empezó a desarrollarse como un sistema con distintas partes que podían probarse, ajustarse y volver a probarse.

Exploración como punto de partida

El primer paso fue entender mejor el problema.

En el mundo del producto, esto sería la exploración. Conversaciones con usuarios, exploración de fricciones y observación de cómo las personas interactúan con una tecnología.

Durante el proceso se realizaron entrevistas, conversaciones y encuestas con personas de distintos países. El objetivo no era evaluar cuánto sabían sobre inteligencia artificial, sino observar algo más concreto: dónde aparecía la fricción en la primera interacción.

No fue fácil conseguir el perfil de usuarios que necesitábamos: muchas personas se sentían inseguras con el tema, no tenían redes sociales activas o directamente se intimidaban cuando escuchaban la frase “inteligencia artificial”.

Y había algo más que no habíamos anticipado: no alcanzaba con encontrar personas que no usaran estas herramientas. También necesitábamos personas curiosas, con ganas reales de aprender. Lo positivo fue que, una vez que las encontramos, las conversaciones fluyeron naturalmente y pudimos recabar muchísima información.

Un VPC es una herramienta que conecta necesidades reales del usuario con soluciones del producto, organizando hipótesis, problemas e ideas.

Los patrones empezaron a aparecer bastante rápido. Uno de los descubrimientos más interesantes fue que el mayor miedo no era técnico. La mayoría de las personas no temía “no entender” la inteligencia artificial. El miedo aparecía en otro lugar.

En muchas conversaciones, aparecían preocupaciones más profundas: perder autonomía, depender demasiado de la tecnología o sentir que la máquina empezaba a pensar por ellos.

Eso nos llamó mucho la atención, porque quiere decir que las personas no perciben la inteligencia artificial como una tecnología más. La perciben como un actor social: algo que puede ayudar, observar, invadir o incluso reemplazar.

Extracto de la app que utilizamos para analizar las entrevistas a usuarios.

También apareció otra idea interesante: las personas no estaban buscando dominar la inteligencia artificial. No querían convertirse en expertas. Lo que querían era algo mucho más simple: que la tecnología les sirviera para resolver algo concreto.

Ese descubrimiento cambió la dirección del proyecto. Nos ayudó a entender que el problema no era enseñar tecnología, sino diseñar un primer contacto que no generara ansiedad.

Prototipos antes que manuscrito

En el mundo editorial tradicional, el libro suele aparecer bastante temprano en el proceso. Acá pasó lo contrario. Durante mucho tiempo lo que existía no era un libro, sino prototipos de interacción.

Probamos distintas formas de conversación con inteligencia artificial, distintos tipos de ejemplos y diferentes maneras de guiar a una persona en su primer contacto con estas herramientas.

Algunas cosas funcionaban bien. Otras no.

Por ejemplo, en los primeros experimentos, las explicaciones seguían siendo demasiado largas o demasiado técnicas. Lo que para alguien del mundo digital parecía claro volvía a generar, para muchos usuarios, la misma sensación de distancia.

Wireframes: borradores de las pantallas que usamos para ordenar las ideas antes de construir la web y el chat de práctica.

Ahí apareció otro aprendizaje importante: el problema no era solo qué se explicaba, sino cómo se creaba el espacio para probar.

Ese proceso llevó a construir lo que después se convertiría en la experiencia digital guiada del proyecto.

Iterar el contenido

A medida que el proyecto avanzaba, empezaron a aparecer distintos materiales. Algunas explicaciones funcionaban mejor que otras. Algunos ejemplos generaban más claridad. Algunas preguntas abrían conversaciones más interesantes.

En lugar de definir todo el contenido desde el principio, esos materiales se fueron iterando. Pequeños cambios. Pruebas. Ajustes.

Algo bastante parecido a lo que ocurre cuando un equipo de producto mejora una interfaz o un flujo de onboarding.

Con el tiempo, ese conjunto de piezas empezó a organizarse naturalmente. Y ahí comenzó a aparecer algo que se parecía a un libro.

Diseñar el primer contacto

Durante las pruebas apareció una diferencia importante.

Herramientas como ChatGPT o Gemini están diseñadas como interfaces abiertas. Funcionan muy bien para quienes ya están familiarizados con la lógica de conversación con inteligencia artificial, pantallas de onboarding, registro de usuarios, muchas opciones, muchos botones y funciones.

Pero, para alguien que recién empieza, esa libertad puede ser difícil. Las respuestas suelen ser largas, hay muchas opciones posibles y la conversación depende completamente de lo que el usuario sepa preguntar.

Por eso decidimos diseñar una experiencia diferente.

La aplicación que acompaña al libro guía el primer contacto. Propone ejemplos, simplifica las respuestas, mantiene un tono cercano y ayuda a formular mejores preguntas. En lugar de una página en blanco, el usuario encuentra un camino claro para empezar.

En ese sentido, la diferencia es simple.

La experiencia digital de Volver a preguntar: un espacio de práctica seguro

Nuestro proyecto diseña la experiencia para que una persona pueda usar inteligencia artificial por primera vez sin frustrarse.

El libro como síntesis del sistema

En los procesos editoriales tradicionales, el libro suele ser el punto de partida. En este caso, fue más bien el resultado de todo lo anterior.

Tuvimos en cuenta el perfil de nuestro público y pensamos de qué manera podríamos llegar a más personas. Brindar talleres o charlas no era suficiente. Entendimos que editar un libro era la forma más potente de impactar a mucha más gente.

El libro apareció entonces como la manera más clara de organizar todo ese aprendizaje y compartirlo con más personas. Algo así como documentar un sistema después de haberlo construido.

Un formato híbrido

Volver a preguntar combina dos componentes:

  • un libro que introduce los conceptos y construye contexto
  • una experiencia digital guiada donde los lectores pueden practicar con inteligencia artificial, creada especialmente para ese primer contacto

El libro ordena las ideas. La experiencia digital permite probarlas. Y ambos funcionan como partes de una misma experiencia de aprendizaje.

Un proceso más cercano al desarrollo de software

Yo no soy escritor. Soy emprendedor tecnológico. Entonces, cuando decidimos que el mejor formato para el proyecto era lanzar un libro, la única manera que encontré de hacerlo fue desarrollándolo como si fuera un producto.

Hubo investigación antes que contenido. Prototipos antes que manuscrito. Iteraciones antes que versión final. Y recién a lo último apareció el formato editorial.

Incluso los tiempos siguieron esa lógica ágil. Mientras que el proceso editorial tradicional puede llevar más de un año entre evaluación, edición y publicación, en este caso logramos condensar ese ciclo en tres meses.

En cierto sentido, este proyecto también refleja algo más amplio que está pasando con la tecnología. La inteligencia artificial no solo está cambiando lo que podemos construir. También está cambiando la velocidad a la que podemos procesar datos, hacer research, analizar entrevistas, etc.

Hoy es posible prototipar, probar y ajustar conceptos mucho más rápido que antes. Y, cuando ese proceso se vuelve más accesible, también aumenta la posibilidad de crear proyectos que generen valor real.

Volver a preguntar nació de ese proceso. Primero apareció la pregunta. Después vino todo lo demás.

Si querés conocer más sobre el libro, podés encontrar toda la info acá.